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viernes, diciembre 12

el etnógrafo

El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontenido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock. Era alto a la manera americana, ni rubio ni moreno, de perfil de hacha, de muy pocas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros. Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo para entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, la aventuras de la guerra o del álgebra, el puritanismo o la orgía. En la universidad le aconsejaron el estudio de las lenguas indígenas. Hay ritos esotéricos que perduran en ciertas tribus del oeste; su profesor, un hombre entrado en años, le propuso que hiciera su habitación en una toldería, que observara los ritos y que descubriera el secreto que los brujos revelan al iniciado. A su vuelta, redactaría una tesis que las autoridades del instituto darían a la imprenta. Murdock aceptó con alacridad. Uno de sus mayores había muerto en las guerras de la frontera; esa antigua discordia de sus estirpes era un vínculo ahora. Previó, sin duda, las dificultades que lo aguardaban; tenía que lograr que los hombres rojos lo aceptaran como a uno de los suyos. Emprendió la larga aventura. Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba. Al término de un plazo prefijado por ciertos ejercicios, de índole moral y de índole física, el sacerdote le ordenó que fuera recordando sus sueños y que se los confiara al clarear el día. Comprobó que en las noches de luna llena soñaba con bisontes. Confió estos sueños repetidos a su maestro; éste acabó por revelarle su doctrina secreta. Una mañana, sin haberse despedido de nadie, Murdock se fue.

En la ciudad, sintió la nostalgia de aquellas tardes iniciales de la pradera en que había sentido, hace tiempo, la nostalgia de la ciudad. Se encaminó al despacho del profesor y le dijo que sabía el secreto y que había resuelto no publicarlo.
-- ¿Lo ata su juramento? -- preguntó el otro.
-- No es ésa mi razón -- dijo Murdock --. En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir.
-- ¿Acaso el idioma inglés es insuficiente? -- observaría el otro.
-- Nada de eso, señor. Ahora que poseo el secreto, podría enunciarlo de cien modos distintos y aun contradictorios. No sé muy bien cómo decirle que el secreto es precioso y que ahora la ciencia, nuestra ciencia, me parece una mera frivolidad.
Agregó al cabo de una pausa:
-- El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos.
El profesor le dijo con frialdad:
-- Comunicaré su decisión al Concejo. ¿Usted piensa vivir entre los indios?
Murdock le contestó:
-- No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia.
Tal fue, en esencia, el diálogo.
Fred se casó, se divorció y es ahora uno de los bibliotecarios de Yale.

Jorge Luis Borges

domingo, octubre 26

capítulo 82

Morelliana.
¿Por qué escribo esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de ese ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra. Hay primero una situación confusa, que sólo puede definirse en la palabra; de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (si lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca a la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa materia confusa y el que la padece en una tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro. Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad, porque apenas cesa comprendo que no tengo ya nada que decir. Y también es la única recompensa de mi trabajo: sentir que lo que he escrito es como un lomo de gato bajo la caricia, con chispas y un arquearse cadencioso. Así por la escritura bajo al volcán, me acerco a las Madres, me conecto con el Centro -sea lo que sea. Escribir es dibujar mi mandala y a la vez recorrerlo, inventar una purificación purificándose; tarea de pobre shamán blanco con calzoncillos de nylon
.


Julio Cortázar

sábado, junio 14

El Umbral

Aquella mujer no soñaba nunca y eso la hacía intensamente desgraciada. Pensaba que por no soñar ignoraba cosas acerca de sí misma que seguramente los sueños le hubieran proporcionado. Le faltaba la puerta de los sueños que se abre cada noche para poner en duda las certidumbres del día. Y la puerta de los sueños por la cual entramos al pasado de la especie, allí donde alguna vez fuimos dinosaurios entre el follaje o piedra en el torrente. Ella se quedaba en el umbral y la puerta estaba siempre cerrada, negándole el acceso. Le dije que eso mismo constituía un sueño, una pesadilla: estar ante la puerta que no se abre, aunque empujemos el picaporte o hagamos sonar la aldaba. Pero en realidad la puerta de esa pesadilla no tiene ni picaporte ni aldaba: es una superficie entera, marrón, alta y lisa como un muro. Nuestros golpes se estrellan en un cuerpo sin eco.

- No hay puerta sin llave - me dice ella, con la tenaz resistencia de la gente que no sueña.

- En los sueños sí - le digo- En los sueños las puertas no se abren, los ríos están secos, las montañas giran, los teléfonos son de piedra y nunca llegamos a tiempo para la cita. En los sueños nos falta la prenda íntima que cubre nuestra desnudez, los ascensores se interrumpen entre dos pisos, o se estrellan contra el techo y, al entrar al cine, los asientos de la sala están de espaldas a la pantalla. En los sueños, los objetos han perdido su funcionalidad para convertirse en impedimento; o tienen leyes propias que no conocemos.

Ella cree que la mujer que no sueña es la enemiga de la mujer despierta, porque le roba partes de sí misma, le sustrae la emoción palpitante de las revelaciones, cuando creemos descubrir algo que no sabíamos o habíamos olvidado.

- El sueño es una escritura - dice ella, con pesar- una escritura que no sé escribir y que me diferencia de los demás, de los hombres y los animales que sueñan.

Ella es como una viajera que, cansada, se detiene en el umbral y queda fija allí, como una planta.

Yo, para consolarla, le digo que quizás tiene demasiado sueño para cruzar la puerta, a lo mejor estuvo tanto tiempo buscando el sueño, antes de dormirse, que cuando las imágenes llegan a ella no las ve, porque el cansancio le hizo cerrar los ojos que están adentro de los ojos. Cuando dormimos, tenemos dos pares de ojos; los ojos más superficiales, aquellos que están acostumbrados a ver sólo la apariencia de las cosas y a tratar con la luz, v los ojos del sueño: cuando los primeros se cierran, éstos se abren. Ella es la viajera de un largo viaje que cuando llega al umbral se detiene, muerta de cansancio y ya no puede seguir hacia adentro, ni atravesar el río, ni cruzar la frontera, porque ha cerrado los dos pares de ojos.

- Quisiera poder abrirlos - dice, con sencillez.

A veces, ella me pide que yo le cuente mis sueños, y sé que luego, en la soledad de su cuarto, con la luz apagada, escondida, como una niña que está a punto de hacer una travesura, intenta soñar mi sueño. Pero soñar un sueño de otro es más difícil que escribir un cuento ajeno, y sus fracasos la llenan de irritación. Cree que yo tengo un poder que ella no tiene; eso le produce envidia y malhumor. Le gustaría que mi frente fuera como una pantalla de cine y mientras duermo, poder ver reflejada en ella las imágenes de mi sueño. Si sonrío o hago un gesto de contrariedad, durante la noche, me despierta Y Me pregunta - insatisfecha- qué ha ocurrido de alegre o de triste. Yo no siempre puedo contestarle con certeza; los sueños son de un material tan frágil que muchas veces desaparecen en cuanto despertamos, huyen en las telas de los ojos, en las arañas de los dedos. Ella piensa que el mundo de los sueños es una vida suplementaria que algunos poseemos y su curiosidad se satisface sólo a medias cuando termino de contarle el último. (Contar sueños es uno de los artes más difíciles; acaso sólo Kafka lo logró sin estropear su misterio, banalizar sus símbolos o volverlos racionales.)

Como los niños, que no toleran las modificaciones y se deleitan con la repetición, insiste en que le cuente dos o tres veces el mismo sueño, lleno de personajes que no conozco, de formas raras, de accidentes irreales en el camino, y se fastidia si en la segunda versión hay elementos que no aparecían en la primera.

El que prefiere es mi sueño amniótico, el sueño del agua. Camino bajo una línea recta, sobre mi cabeza, y todo lo que está por debajo de ella es agua transparente, que no moja ni tiene peso, que no se ve ni se palpa, pero se conoce. Voy sobre el suelo de arena húmeda, vestido de camisa blanca y pantalón oscuro y los peces pasan a mi alrededor. Como y bebo bajo el agua, pero nunca nado ni floto, porque el agua es igual que el aire y respiro en ella con total naturalidad. La línea, encima de mi cabeza, es el límite que jamás atravieso ni me interesa trasponer.

- Probablemente es un sueño antiguo - le digo- Un sueño del pasado, de nuestros orígenes, cuando estábamos indecisos entre ser peces u hombres.

A ella, en cambio, le gustaría soñar con volar, con deslizarse de árbol en árbol, por encima de los tejados.

Mientras duerme, a veces yo ejerzo una pequeña presión sobre su frente, con la yema de mis dedos, para inducirle el sueño. No se despierta, pero tampoco sueña. Le cuento el último sueño que tuve: un prisionero en una breve celda de castigo, aislado de la luz, del tiempo, del espacio, de las voces humanas, en una infinitud de silencio y oscuridad. Hay un guardián, al lado de la puerta, y el hombre consigue inyectar - a través de las paredes del túnel, como la membrana del útero- sus sueños al guardián, que no logra descansar, acosado por las pesadillas del prisionero. El guardián le promete liberarlo, si el hombre consigue ahuyentar al león que lo acosa, cada vez que se duerme.

- Tú eres el prisionero - dice ella, vengativa.

Los sueños son como cajas, y en ellos hay otros sueños. A veces conseguimos despertar en el segundo, pero no en el primero, y eso nos inquieta. En el segundo, trato de llamarla, pero ella no responde, no me oye; entonces despierto y vuelvo a llamarla, extiendo mis brazos hacia ella, sin saber que estoy en el primero de los sueños y que esta vez tampoco responderá.

Le propuse que, antes de dormirnos, hiciéramos la experiencia de inventar una historia complementaria, los dos juntos. Seguramente algunos restos, desechos, residuos de esa historia elaborada por los dos pasarían imperceptiblemente al interior de nuestros ojos (a los que se abren cuando los superficiales se cierran) y así, ella conseguiría por fin soñar.

- Nos conduciremos mutuamente hasta el umbral - le dije- y una vez allí, dándonos un beso en la frente, nos separaremos, y cada uno atravesará la puerta - su puerta- y nos reencontraremos a la otra mañana, luego de un camino diferente. Me hablarás de los árboles que viste, y yo de la nave que me conduce a la ciudad adonde no quiero regresar.

Esa noche nos acostamos a la hora de costumbre, y yo fui el encargado de empezar la historia que nos conduciría imperceptiblemente - pero en común- hasta el venturoso umbral.

- Hay un hombre en una habitación desnuda- comencé.

- La cortina es muy suave - dijo ella- , de terciopelo rojo, pero está anudada en un extremo. - El hombre está echado en la cama - continué yo- aunque todavía conserva la camisa blanca y el pantalón oscuro.

- Creo que ese hombre tiene miedo de algo siguió ella- por eso conserva las ropas.

- A su lado hay una mujer - dije- de cabellos cortos y rubios. Los ojos son azules.

- No - corrigió ella- son verdes, con reflejos azules.

- Sí - acepté- Es hermosa, pero tiene la piel fría de aquellos que no sueñan.

- La mujer tiene un vestido rosa. ¿No te parece algo anacrónico un vestido de ese color, en medio de la cama?

- No, querida - dije yo- te queda muy bien. - Él está a punto de dormirse - observó ella. - Sí - confesé yo- Tengo mucho sueño. Camino lentamente hacia una puerta, que se dibuja más adelante.

- Caminas despacio, con las mangas de la camisa subidas y los ojos entrecerrados.

- Es que tengo mucho sueño.

- Ella te sigue, pero cada vez queda más atrás. Sus pasos son más cortos que los tuyos, y además, tiene miedo de perderse. ¿Por qué él no vuelve los ojos hacia atrás, para ayudarla?

- Está muy cansado y el sendero lo guía, lo empuja, como un imán.

- Es el imán de los sueños - dice ella.

- La mujer ha quedado muy atrás. Ya no se ve. Yo, en cambio, estoy en el umbral.

- Ha vuelto a perderse. El corredor es oscuro y las paredes estrechas. Ella tiene miedo. Le aterra la soledad.

- He visto otras veces ese umbral.

- En cambio, yo no lo veo.

- Si regresas, si das marcha atrás, no lo hallarás nunca.

- Tengo miedo.

- ¡Ah! ¡Qué umbral tan venturoso Una luz se adivina al trasponerlo.

- No me dejes sola.

- No hay mucho lugar.

- No me abandones.

- Debo seguir. Estoy al fin del camino, mis ojos se cierran, ya no puedo hablar...

- Entonces - continúa- ella se precipita hacia adelante, hacia el aura vaga y oscura que dejaron los pasos de él, por el corredor sombrío, y antes de que trasponga el umbral, le hunde un puñal en la espalda.

Vacilo, en el umbral, caigo como herido lentamente en el sueño, es curioso, resbalo, me hundo, tengo ya un pie más allá del umbral, pero el otro se ha quedado atrás, no avanza, seguramente estoy en el segundo sueño, aunque el dolor en la espalda es quizás del primero, me gustaría llamarla pero sé por experiencia que no responderá, se habrá ido, mientras yo intento vanamente despertar y resbalo en un charco de sangre.

Cristina Peri Rossi



seres flotantes espirituales cortesía de marcelística!

miércoles, marzo 12

Para la paaaaaaaaaaaz


El hombre que vive y no sueña es un hombre muerto en vida. Mas ¡ay de aquel que sueña y no realiza sus sueños! Acosado por las pesadillas acaba por sucumbir al insomnio de una realidad que no es suya. Realizando tus sueños no serás esclavo de nadie, ni pretenderás someter a otros porque habrás probado los caminos de tu verdadera liberación. Recuerda siempre que, en el universo de la naturaleza, los sueños se convierten en realidad. La lluvia es el sueño del agua. El humo es el sueño del fuego. el azul es el sueño eterno del aire.

"Recado confidencial a los chilenos", Elicura Chihuailaf.
Foto cortesía de Carlita-Paz, ella es la paaaaaaaaaaaz

domingo, marzo 2

carta a rocamadour...



Bebé Rocamadour, bebé, bebé. Rocamadour. Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.
Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas...Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.
Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito.
Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿ Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa ? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto. Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ...

lunes, febrero 18

la guinda de la torta del día de hoy

la pequeña muerte



No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

*de El libro de los abrazos, Eduardo Galeano.

viernes, diciembre 7

Tao



XXXVIII

La virtud Excelsa
no se considera virtud,
y por eso
es virtud excelsa.
La virtud inferior
se aferra a la virtud
y por eso
sólo es inferior.
La virtud excelsa no obra
ni tiene intenciones.
La virtud inferior obra
y quiere ser reconocida.
La bondad excelsa
obra sin intenciones.
La justicia también obra
y quiere ser reconocida.
Actuar según los ritos
es obrar
pero si alguien se resiste a ellos
entonces el rito
lo desafía y lo fuerza.
Por esto
cuando se hubo perdido
el conocimiento de Tao
apareció la sola virtud.
Perdida ésta,
se acogió a la bondad
y perdida la bondad
apareció la justicia
y al perderse la justicia,
hicieron su aparición los ritos.
Pero los ritos
no son más que una apariencia
de la verdadera fe
y la causa
de todas las discordias.
La sabiduría de los antiguos
es apariencia
del conocimiento del Tao,
es sólo como una flor
y principio de todas las necedades.
El hombre verdaderamente fuerte
se atiene a lo que es sólido
y no a lo que es superficial.
Se atiene al fruto
y no a la flor.
Así
rechaza esto y toma aquello.


aaah y una estampilla de mongolia que me regalaron =)